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Dicen que muchos recuerdan el primer beso, pero para un servidor es más trascendente el primer libro leído. En mi caso Los relámpagos de agosto y La ley de Herodes (venían en un solo tomo) alumbró mis años mozos; el maestro Ibargüengoitia hizo crecer en mí el amor por la lectura a mis nueve años; más tarde, en un afán por llevar la lectura a los sectores populares, la SEP y otras editoriales lanzaron en quioscos una hermosa colección rústica de Lecturas Mexicanas, que en diferentes series retomó lo que un día Ulises Criollo quiso hacer.

Renovarse o morir, es uno de los postulados que generalmente toda persona y empresa siguen para adaptarse a los nuevos tiempos, incluso gobiernos dictatoriales han tenido que cambiar.

Si el lector es fan de los agarrones, chismes del espectáculo, golpes bajos y las veinte mil vueltas que dan los futbolistas que fingen una lesión, entonces seguro le gustará lo que veremos en los próximos meses en el Estado de México, donde comenzó la más intensa campaña que se tenga memoria y donde hay muchas posibilidades de que por fin gane un opositor

Una madrugada de verano la temperatura era más o menos de unos 30 grados, me dirigí a una tienda de conveniencia a comprar un refrescante jugo de manzana y refugiarme en el aire acondicionado. En el camino me encontré, con minutos de diferencia, a dos mujeres jóvenes que regresaban a su casa, solas. En ese entonces pensé: “ojalá eso pudiera ocurrir en México”.

Decía Richard Kapuscinski que el oficio de periodista no es para los cínicos, que debía haber un rastro de humanidad para contar historias sin sentirnos culpables. Parece ser que con la llegada de Donald Trump los reporteros tienen que volverse un poco hipócritas, lo contrario a lo que planteó el polaco. La manera de ejercer el periodismo en ese país es muy diferente a la que se realiza en México, incluso la profesión tiene garantías y somete a un escrutinio más simple como personas que nada más representar a una empresa de comunicación.

La poesía es un arte que arranca suspiros. Desde la primaria nos enseñan a crear acrósticos, elementos de rima, sinalefas, métrica y otras herramientas básicas con la que todavía algunos maestros hacen que los niños creen sus propios textos, qué mejor que un sencillo pensamiento para la madre o para esa niña que nos hace clic en la cabeza cuando la vemos.

En estos días en que vuelan por todos lados sugerencias para replicar las medidas tomadas por el gobierno de Donald Trump, que afecta a los trabajadores migrantes que en nuestro país no tuvieron la forma de insertarse en una actividad económica bien remunerada, hay desde las clásicas e inoperantes marchas para protestar, hasta traer el escudo nacional o bandera como imagen en los perfiles de redes sociales.

La historia de la guerrilla latinoamericana está llena de anécdotas, leyendas y mitos. Es conocido que en nuestro país se entrenaron Fidel Castro y sus huestes para llegar a Cuba en el Granma a quitar el poder al dictador Fulgencio Batista. Relata José Luis González y González en su libro —el más vendido y leído de la industria editorial nacional— Lo negro de El Negro Durazo, que el ilustre jefe policiaco capitalino en tiempos de José López Portillo presumía de haber torturado a Castro y al mismísimo Che.

Quienes cursamos la primaria en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado no sólo admirábamos a los maestros, también los respetábamos, con todo y que no fueran los mejores pedagogos; por ejemplo, mi madre acudía seguido a la escuela para saber cómo aprovechaba el día. Una de sus frases favoritas, junto con el de otras señoras, era: “si se porta mal, péguele, maestra, yo le doy permiso”. Muchos amigos de la infancia sufrieron al pie de la letra esa instrucción de las progenitoras.

Enclavada entre la Sierra de Guadalupe y el cerro del Chiquihuite, al norte de la ciudad de México, se encuentra un valle que alberga miles de historias y tradiciones antiguas; un nombre que al pronunciarse causa diversos efectos, así es Cuautepec, o cerro de las águilas, en antiguo náhuatl.

Siempre he simpatizado con las buenas ideas del pensamiento político de izquierda. Sólo las buenas, no con todas ni con las extremas, como pelearse con los dueños del dinero, por ejemplo. Tuve oportunidad de conocer las mil y una formas en que se aplicó el marxismo al visitar personalmente lugares históricos y cercanos, como Cuba, o los más lejanos —el caso de China— para conocer directamente sin el famoso “dicen que”.

 

El cineasta español Luis Buñuel dio a conocer en Los olvidados (1950) una parte realista de la ciudad de México, cuando la mayor parte de las películas de entonces se filmaba en estudios con escenarios construidos exprofeso para retratar, de manera bonita, la pobreza.

“Las Chivas mostraron su rechazo al gasolinazo, no usando sus automóviles” informó ayer el suplemento deportivo Cancha del diario Reforma.

En los años setenta del siglo pasado, la Liga Comunista 23 de Septiembre tuvo en vilo a una parte de México. En la parte más dura de los gobiernos priístas, militantes de dicha agrupación decidieron usar estrategias de golpe severo hacia los representantes del “voraz capitalismo” para financiar su movimiento; ejemplo de ello fue asaltar bancos y secuestrar empresarios, entre otras medidas extremas. Ese simple hecho le valió la antipatía popular, lo cual debería ser lo primero que un activista tendría que buscar.

Un viejo chiste, contado por cubanos, revelaba el secreto por el cual Fidel Castro era tan popular en Cuba: sus huestes se infiltraban en alguna manifestación multitudinaria y gritaban “¿quién nos quita la comida?”, la gente respondía “¡Fidel, Fidel!” ¿Quién nos da garrote? “¡Fidel, Fidel!”

Ya no se ve a las familias mexicanas unirse para un ritual los fines de semana, quizás sólo para algunos eventos deportivos como el Chivas-América. Los colados, gorrones, anexados, la vecina y el novio invitado a la fuerza, la abuela y hasta el sobrino de la tía del primo de tu amigo, dejaron de deleitarse con ir al cine, pero hace 30 años era la moda, ya que se asistía con frecuencia para ver Rambo, Volver al futuro y ET, El Extraterrestre. Esos enormes recintos del séptimo arte desaparecieron para dar lugar a complejos de muchas salas. “Ahí te va tu torta, Arturo, pásale su torta hija”, era común oírlo.

En el viejo arrabal se peleaba por el hecho de ver quién era más valiente y quién se rajaba; ahí, el lanzamiento de piedras era la principal táctica, no importaba si pagaban justos por pecadores, pero incluso era calificado como cobardía atacar por la espalda o si varios le pegaban a uno. Esas historias quedaron atrás, salvo el de las pedradas, como las que ahora esquiva el presidente Enrique Peña Nieto. La historia del emperador Moctezuma parece repetirse.

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