Viernes, 21 Diciembre 2018 17:59

Roma, el banquete prometido

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Imagina que te enteras que un chef mexicano, reconocido en todo el mundo como uno de los mejores en su arte, ha creado un platillo maravilloso que integra lo más sublime de la comida nacional a los más refinados usos de la gastronomía mundial y que muy probablemente sea el mejor guiso que se ha creado. Vamos, que su suculencia deja muy mal parados al mole y a los chiles en nogada. Expertos recomiendan probarlo y el propio chef, confiado de su creación, se ofrece a prepararlo en tu cocina. Convencido y emocionado reservas una mesa en un restaurante de tu agrado esperando saborear aquella delicia que tanta admiración ha despertado. Invitas a una persona especial con quien quieres compartir ese plato. El lugar es cómodo y bien iluminado. La mesa está a tu gusto. Por fin aparece la mesera y deja sobre tu mantel un plato con un huevo revuelto que chorrea aceite. Tú y tu acompañante se miran incrédulos. El mazacote blaco-amarelo se resbala de un lado a otro en su soledad. No lo acompañan ni unos frijolitos de la olla, ni unas tortillitas calientes o un guacamole recién hecho. No, frente a ti sólo hay un huevo y ya. Durante dos horas y 15 minutos no pasa nada. Tus ojos van del plato a la mesera, del plato a la ventana, del plato al suelo, del plato a los otros comensales, del plato al salero y nada, no pasa nada. De repente alguien tira una jarra y todos voltean emocionados esperando un acontecimiento que ponga fin a la zozobra, sin embargo un empleado limpia y todo sigue igual hasta que te vas.

Así me sentí después de ver Roma de Alfonso Cuarón: decepcionada, timada, incrédula y con hambre (aunque hambre siempre tengo). No es un asunto de si me gustó o no la película, es que me reconocí engañada. Mis expectativas eran tan altas que retumbaron al tocar el suelo. Lo peor de todo es que sí quería ver una gran película, sí quería que un director mexicano creara una obra maestra, sí quería llorar y moquear a mis anchas, sí quería incorporar a mi vida nuevas ideas, frases e imágenes cinematográficas, sí quería darme un banquete.

¿Qué pasa con Roma? Pasa que es una película hecha con soberbia, pues sólo un consagrado esperaría que se le aplaudiera algo tan simplón y encima creer y pregonar que es una obra maestra cuando no es ni mediana. Las tomas abiertas y paneos que, más allá de ser aburridos y no representar ninguna complicación técnica, hacen que se desperdicie un sinnúmero de oportunidades para atrapar al espectador y conmoverlo. ¿Por qué no vemos en primer plano el maravilloso rostro de Yalitza Aparicio? ¿De verdad no se le ocurrió nunca hacer una toma a detalle de sus ojos, de su boca? ¿Cómo pretendía que conectáramos emocionalmente con alguien a quién todo el tiempo vemos de lejos? y lo mismo pasa con todos los actores, sus caras son lejanas, frías, mediocres.

El dramaturgo ruso Antón Chéjov decía que si muestras un rifle colgado en la pared en tu primer capítulo, es porque lo vas a disparar en el tercero, de lo contrario no tiene caso mostrarlo. En Roma son innumerables los rifles sin disparar. Las promesas no cumplidas, los elementos vanos y medio decorativos.

La película tiene varios errores. Uno de ellos es que no termina, aunque lo intenta, de comprender las emociones de las mujeres que aparecen en la cinta. Es una visión totalmente masculina de los sentimientos y hasta de la lógica femenina y se ve en cosas tan simples como el hecho de que ninguna mujer lavaría la ropa después de hacer el quehacer e ir por los niños a la escuela. Eso es lo primero que se hace, porque si no la ropa no se seca y es que errorcitos como estos dan en el traste con la verosimilitud. Desde ahí ya no le pude creer nada. Las reacciones de las mujeres ante la avalancha de injusticias, dolor, miedo, incapacidad, pérdida, frustración y soledad que están enfrentando son pequeñitas, mínimas, calladitas, andan de puntitas, cositas de nada, pelusitas que trae la vida, casi como si como hombre esperara que así nos comportáramos. Sin permiso a hacer dramas.

Son muy pobres los detalles que el filme nos da sobre la personalidad de los dos personajes femeninos, supuestamente principales, y por lo tanto son poco elaborados y tibios. El personaje de la madre es descolorido e incongruente con el modelo de mujer de esa época, incluso con lo que el propio Cuarón ha hablado sobre ella en entrevistas y lo mismo pasa con Cleo. Supuestamente quería reivindicar a las trabajadoras domésticas con esta película, pero logra exactamente lo contrario: justifica la desigualdad al presentar una familia que merece lo que tiene y no nos permite escuchar la verdadera voz de Cleo, ni crear empatía con ella. Nunca encontré a la verdadera mujer detrás de la sirvienta, todo el tiempo estuvo minimizada y era una gran oportunidad para dejarnos conocer a Cleodomira, no a Cleo, el nombre que le dieron sus patrones.

Otro gran error es que no hay desarrollo de personajes y los actores, buenos y malos, se notan incomodos, ofuscados y perdidos. La principal labor de un director es lograr que sus actores entiendan al personaje que están interpretando, corregirlos y situarlos en una realidad ficticia que el propio director debe crear. El mejor ejemplo son los niños. Hay cuatro infantes en el set que son cuatro oportunidades maravillosas para conmover a cualquiera. Son incontables las películas que han logrado esto con uno solo: El chico de Charles Chaplin, La vida es bella de Roberto Benigni, Kolya de Jan Svěrák, Cinema paradiso de Giuseppe Tornatore, Sexto sentido de Manoj Nelliyattu Shyamalan y los ejemplos sobran, pero Cuarón da por sentado que con sólo ponerlos ahí los niños harán su magia y no hace nada para conseguir que los actores nos cautiven, nos roben una sonrisa, nos enternezcan, nos recuerden a nuestros hijos o a nosotros mismos a esa edad pero es que además hacerlo es muy fácil, cualquiera que haya paseado con un niño en la calle sabe que no falta quien diga: ¡qué bonito niño, qué carita tan chula, qué ojazos los tuyos, eres muy listo! y otros remilgos por el estilo, pero los cuatro chamacos de Roma no provocan ningún apretón de cachetes, ¡vaya! son tan parcos que no comunican absolutamente nada. Ni siquiera son capaces de hacernos recordar sus caras o sus nombres, especialmente porque se nota un gran descuido del director al no corregir ni siquiera el vocabulario y la forma de hablar de los chicos, pues parece que jamás entendieron que estaban interpretando niños de hace cincuenta años.

Se entiende, porque incluso el propio Cuarón lo ha dicho, Roma es una película de infancia y por lo tanto puede haber un adulto contando esa historia como recuerda haberla vivido pero filtrada a través de su ego de adulto (como lo hace Tornatore en Cinema paradiso) o bien un niño que, como lo logró José Luis Cuerda Martínez en La lengua de las mariposas, describa, desde su perspectiva infantil lo que vive; pero en Roma hay dos grandes errores, uno es que no hay narrador, ni adulto, ni niño, tal vez haya un narrador omnisciente pero para contar una historia de infancia ese narrador omnisciente, si acoso lo hay, es insuficiente. El otro error está ligado a esto mismo y es que no hay un dolor de la perdida de la inocencia y esto es sumamente importante porque toda buena historia de infancia debe tener este elemento, porque es la catarsis de la narración, sino ¿para qué contarlo?, ¿qué sentido tiene tanto esfuerzo si finalmente no va a aparecer ese sentimiento de culpa de la niñez, ese dolor de la perdida de la inocencia?

Roma no es sólo una historia mal contada, sino que además es gris, mediocre, tibia y sin complicaciones. La primera impresión que da es que tiene poco que contar y lo hace desde la medianía de una visión de clase. Esa clase media y media alta a la cual pertenece Cuarón y a la que no le apetece criticar porque hacerlo implicaría también criticar los privilegios que tiene gracias a ella y en el caso de Cuarón el gran privilegio es poder contar e interpretar historias. Él a diferencia de la gran mayoría de los que habitamos este país, es visto y escuchado. Su biografía “rosa” es importante sólo porque puede contarla y no porque sea, ni siquiera interesante.

Contar esta película, relatar esta historia no involucra ningún compromiso profundo para él, ni psicológico, ni emocional y eso se nota, no le duele y si lo hace lo disimula bastante bien, el problema es que el arte, el verdadero arte no está para disimulos. Las grandes obras se forjan desde el dolor, desde el reconocimiento de la pequeñez del artista, desde el suelo y Cuarón está, en este momento de su carrera, en el extremo opuesto: en los cuernos de la luna.

El recurso del blanco y negro ya lo vimos en La lista de Schindler en 1993 (cuando gran parte de los que vieron Roma no habían nacido), ya se premió a Spielberg por lograr un efecto dramático e histórico con este recurso, entonces ¿la originalidad está en repetir algo que se hizo hace 25 años? Copiarlo está bien para un estudiante de cine. No para alguien que ya juega en las grandes ligas porque Cuarón ya no está para admirar a Spielberg sino para trompearse con él.

Una crítica más, aunque ésta, lamentablemente, no es exclusiva de Roma, sino que es un mal de casi todas las películas mexicanas contemporáneas: el descuido total de los parlamentos.  En esta película las frases son superficiales. Un cineasta es también un narrador y por lo tanto debe ser también un apasionado del buen decir porque debe saber que con las palabras adecuadas puede embrujar a sus oyentes. Contar historias implica saber usar las palabras adecuadas para crear ambientes, personajes y realidades. Las frases no pueden ser baladí, por el contrario deberían encerrar un sentido más amplio, una posibilidad de incorporar elementos literarios y de lenguaje en un plano artístico y no sólo comunicativo porque cuando digo agua también digo sed, claridad, lluvia y mar. Quien es capaz de pasar por alto las exquisitas y fascinantes posibilidades del lenguaje no es más que un soberbio.

Lo siento Cuarón pero como me decía mi mamá cuando me arrancaba las hojas de la tarea: “Si te exijo es porque sé que lo puedes hacer mejor”.  

 

Por Alba Medina

 

 

 

 

Opinión de: Alba Medina
@AlbaAlbamedina7

 

 

 

Alba Medina

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