Mucho antes que ese fatídico 26 de septiembre de 2014 se convirtiera en botín y rehén político para muchas organizaciones, la escuela normal Isidro Burgos, cercana a Tixtla, Guerrero, representaba para los pobladores un dolor de cabeza y para las mismas agrupaciones una base potencial de militantes extremistas, mientas que las autoridades se dedicaron a ignorar, como hasta ahora, que la olla estaba a punto de hervir y apostaron porque se consumiera a sí misma.
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