Cuentan las malas lenguas que Arturo Durazo, El Negro —flamante jefe de la policía capitalina en tiempos de José López Portillo—, quien se enriqueció en el puesto con sólo haber acabado la primaria, presumía de haberle dado su tehuacanazo, pocito y toques a Fidel Castro y Ernesto Guevara cuando armaban en México la guerrilla que a la postre derrocaría al dictador cubano Fulgencio Batista, allá por comienzos de los años sesenta del siglo pasado. La calentada era algo común en el más rudo régimen priísta, servía para convencer de las bondades del sistema a opositores, en especial a los extremistas.