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Miércoles, 03 Mayo 2017 13:38

Albañiles: entre la fiesta de mayo y su dedicación mal pagada

Escrito por

 

 

Por Denise Aguilar V. 

@DeniseVelasco2

 

Durante décadas nunca estuvo sólo, sus amigos fieles son la pala, cuchara, maceta, cincel y martillo. Había días en que la estrella matutina aún no salía y ya pedaleaba su bicicleta guerrera y detrás siete de sus nueve hijos. Las mujeres se quedaban a lavar a mano la ropa y quitarles las bolas de cemento, manchas de sangre de heridas hechas por el serrucho o la cortadora de azulejo, a barrer y trapear las huellas que dejaban quince zapatos que estuvieron sumergidos en arena, agua y grava, además de preparar comida suficiente para satisfacer los estómagos de los siete hermanos y su padre, don Josué Aguilera, maestro albañil.

 

Las marcas del mapa de la vida se leen en el rostro, los químicos del cemento han corroído parte de las huellas, las manos rasposas son prueba de largas jornadas de trabajo que no perdonan cumpleaños, navidades o año nuevo. Ninguna de esas fechas es tan fuerte como para no ir a chambear.

 

—¡Nombre! Si no trabajas, no comes mi´jita, así de fácil, está duro— dice don Josué mientras se lleva las manos a la canosa cabeza que durante sus años como trabajador de la construcción cargó kilos de bultos de cemento, botes de arena, azulejo y cascajo. De los 365 soles al año sólo se pueden conceder uno para celebrar, dar gracias, encomendarse y pedirle “al patrón” que los deje regresar con bien a sus hogares: el 3 de mayo, día de la Santa Cruz, de fiesta pero también sagrado para ellos, porque se la juegan en una obra.

 

 

De días y flores, cruces y carnitas

 

El oficio y arte de la construcción es tan legendario como los mismos basamentos piramidales de Teotihuacán, dedicados al Sol y a la Luna, pues para las culturas mesoamericanas los elementos naturales y los puntos cardinales eran de gran relevancia y dignos de venerarse. Una de las raíces de la celebración de la Santa Cruz, se remonta incluso antes de la Colonia española –según el periodista e investigador de la Universidad de Guadalajara, Juan Carrillo– ya que se festejaba por la constelación denominada Cruz del Sur, a la cual el pueblo boliviano nombró Achakana, cruz cuadrada o escalonada andina, que se puede admirar de mejor manera que el resto del año a la media noche del 3 mayo.

 

 

Durante el año estos trabajadores no pueden concederse días de asueto, feriados o celebrar cumpleaños, porque si no trabajan no hay paga. Pero el 3 de mayo cambian su herramienta por flores y una cruz hecha con pedazos de la misma madera que usan para construir andamios o escaleras.

 

Ese día arman la cruz, la decoran con dedicación y respeto y emprenden una peregrinación local de la obra en turno hacia la iglesia, donde juntan las manos a la altura del pecho, con alguno que otro dedo envuelto en cinta de aislar —material de curación por excelencia— con uñas decoradas por tintes morados causados por un martillazo; ahí cerquita del corazón se juntan las palmas corroídas y surcadas de cicatrices que el trabajo de jalar y apretar alambres —a veces oxidados y filosos— han dejado, para encomendarse “al de allá arriba”, dar gracias por el trabajo recibido y pedirle que en el año venidero les lleguen obras grandes. Alzan como trofeos las coloridas cruces, el padre las bendice y desde el maestro hasta el chalán agachan la cabeza para persignarse y emprender con entusiasmo el camino de regreso a la obra, pues saben que ése es su día y no habrá de comer lo de siempre:

 

 

—Humilde, pero siempre aunque sea poquito, para todos hay. Me acuerdo cuando estábamos en las obras, unas eran bien lejos, y papá nos mandaba por tres pesos de tortillas, una lata de chiles curados, un cuarto de queso de puerco y otro de jamón, y así, antes de que se enfriaran las tortillas nos hacíamos unos tacos... ¡Uf! No tienes idea, me sabían riquísimos, me saboreaba tanto esos taquitos, bueno, que con hambre todo sabe re bueno, ¿verdad?— comenta Mario, el único hijo con título profesional, orgullo de toda la familia.

 

 

—Hay patrones que ese día nos invitan tacos de guisado, barbacoa o carnitas y hasta las “frías”— recuerda don Josué con luz en la mirada y la sonrisa ya incompleta. —Ya después con bocinas armamos nuestro ambiente, unas cumbias, o ya si se lucen hasta grupos norteños o mariachis.

 

 

El catolicismo juega un papel importante en esta fecha, según esta religión, en el siglo III la esposa del emperador romano Constancio Cloro, Elena, comenzó la búsqueda de la cruz de Cristo y movilizó a obreros para demoler un templo edificado sobre el monte Calvario, donde finalmente se encontraron tres cruces. Para identificar cuál correspondía a la de Jesús, Elena mandó por un difunto, a quien colocaron en las cruces y al tocar una de ellas volvió a vida. Por tal motivo la emperatriz fue canonizada y venerada como Santa Elena de la Cruz.

 

 

 

Con la vida en un hilo

 

 

Levantar cimientos y esculpir edificios completos es muy arriesgado, la mayoría de los albañiles no cuenta con seguridad social ni gastos médicos y las medidas de protección que aplican son rudimentarias, tienen que colgarse de alguna fachada para poder realizar un terminado o detalle en marquesinas, pegar azulejos a alturas considerables, amarran lazos a modo de cable de seguridad a alguna varilla sobresaliente de un castillo; unido a sus ropas o a sus fajas de carga con alambre resistente a manera de arnés, “persignarse, encomendarse a mamá Lupita y que sea lo que Dios quiera”, añade don Josué.

 

 

Las medidas de seguridad es uno de los muchos retos laborales que enfrentan y deben solucionar a diario: “en la chamba, para conseguir la papa, ir tras la chuleta… para tener algo que llevarse a la boca”, pues es uno de los trabajos más castigados. Según el INEGI, el sector está constituido por más de 2 millones 419 mil personas, que laboran bajo el esquema de trabajador subordinado asalariado, que son aquellas personas “de 15 y más años de edad que trabajan para un patrón o empleador del sector privado o público y que reciben un pago, sueldo, salario o jornal”, categoría que cae en la informalidad laboral; de esa cifra, únicamente 14 por ciento goza de prestaciones sociales y nueve de cada diez no cuenta con acceso a servicios de salud, es decir 90 por ciento de ellos.

 

 

Nadie se libra de un accidente. Alberto, el segundo hijo, sufrió de niño una de las pruebas más difíciles que cualquier humano puede vivir. Don Josué apaga su cigarro, deja la colilla en el cenicero y toca su bastón, como quien se aferra a un salvavidas, sus ojos parecen cubrirse de una sombra, un velo de nostalgia y dolor: “los tiempos tan difíciles y con tanto chamaquito, pos tenía que ponerlos a chambear desde chiquillos para poder mandarlos a la escuela y alimentar las once bocas que todos los días nos sentábamos a la mesa, ni modo, ¿verdá? Mi hijo Alberto estaba, híjole, pero si bien chiquito, todavía iba a la primaria, entonces en una obra estábamos en la azotea, él levantó unas varillas y había unos cables de luz cerca, al voltearse las varillas tocaron los cables y mi hijo se me quemó —se lleva las manos a la cabeza, pasa saliva, hace una pausa y continúa— no pus rapidito corrimos al hospital, estaba todo quemado pero se salvó, fueron días rete duros.”

 

 

Le tuvieron que amputar una pierna, “estuvo como un año completito en el hospital de quemados, pero la libró. Y véalo, ahí anda todavía, va y viene en su bicicleta, la verdad y lo que sea de cada quien, es rete chambeador y es uno de los que más nos ayuda, ¿verdá vieja?”, y hace un ligero ademán con la cabeza hacia la señora de cabello largo y blanco, quien asiente silenciosa y con la mirada baja escucha el relato de lo sucedido hace más de 45 años.

 

 

Otro de los grandes retos que enfrentan es el incumplimiento en sus pagos: 89 por ciento de estos trabajadores carecen de contratos escritos, por lo que los tratos se hacen sólo de palabra y no les queda más que confiar o dejar ir el trabajo..

 

 

Cuando llega a sucederles una denuncia no es algo que pase por su mente, pues implicaría gastar tiempo e incluso dinero, que prefieren utilizar para ir en busca de otro trabajo. “Muchas veces a mí y a mis hijos nos han quedado a deber y no han sido de trabajos chicos, sí nos han quedado a deber mucho, pero igual va aprendiendo uno en quién confiar y ver quién no va a pagar, se da uno cuenta de inmediato, desde que nos piden ir a hacer el presupuesto pero hay que ponerse truchas.

 

 

Cimientos bien puestos

 

 

Sus hijos, nietos y bisnietos no dejan de impresionarse del talante de don Josué, su cerebro de 83 años de edad no se ha visto deteriorado por las caídas en la bicicleta en días de lluvia, escaleras o andamios, de las que ya todos perdieron la cuenta; ni los golpes, ni tantos años de fumar cajetillas de cigarros, ni el alcoholismo que alguna vez vivió y fue sufrido por su familia; su lúcida memoria a todos impresiona:

 

 

—¡Uy! Mi papá recuerda nombres de gente que ya hace mucho falleció y que nosotros ya ni recordamos, lugares, rutas, colonias e incluso calles. Si alguien no se acuerda de algo, le preguntamos a él y nos da santo y seña de lo que queremos saber— señala Luz, una de sus dos hijas.

 

 

No es menos impresionante el hecho de que hace cinco años, aproximadamente, atravesó por complicaciones de salud: sus articulaciones dejaron de funcionar correctamente, antes se le veía en todos lados en su bicicleta, poco a poco dejó de subirse a ella, después se hizo acompañar por un bastón y su paso cada vez era más lento, hasta que un día tuvo que regresar en otro par de grandes ruedas.

 

 

Se esforzó por recuperarse y con coraje y el apoyo de sus hijos pudo levantarse de la silla: arrancó su espalda del asiento y sus pies regresaron a acariciar el suelo. El maestro de la construcción Josué Aguilera, actualmente ya está retirado, tiene más de 30 nietos y un par de decenas de bisnietos. La albañilería entre los hombres de su familia ha sido ya herencia, pues los bisnietos constituyen la tercera generación de trabajadores de la construcción. “Dicen que hierba mala nunca muere y mire, aquí andamos dando lata todavía para rato”, ríe pícaro y alcanza la botella para servirse “un traguito más de tequilita”.

 

 

 

Fotografías de: Omar Montalvo y Denise Aguilar

Visto 976 veces
Victor Manuel García Santiago

Periodista, editor y catedrático UNAM. Amante del cine, escribir, leer, enseñar a mis alumnos, a mi mujer y a mis hijos; sin orden, todo es conmutativo.

Twitter @Vikusan

 

 

 

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