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Lunes, 12 Junio 2017 19:17

Acuérdate de Acapulco, ¡con todo y su violencia!

Escrito por

 

Por Jesús Emmanuel León

@LeonVazqz

 

Salir de casa y no tener la certeza si regresarás es cuento de todos los días en Acapulco. Caminar a diario sobre el Boulevard Vicente Guerrero, la carretera nacional México-Acapulco, donde las balaceras ocurren al capricho de criminales sin escrúpulos, se ha vuelto rutinario para los lugareños.

 

“No nos queda de otra. Tenemos que ir a trabajar, a la escuela. Tenemos que adaptarnos”, sentada a la mesa, con sus hijos alrededor comenta Rocío, de 41 años, habitante de la colonia Villa Madero, “donde casi a diario se ve a los malos” (jóvenes de algún cártel). “Viven en nuestras colonias. Debemos de pensar o hacernos creer que no pasa nada, como dice Peña Nieto”, asevera, mientras se acomoda en la silla y medio sonríe.

 

Según el Índice de Paz en México (IEP) 2016, elaborado por el Instituto de la Economía y la Paz (IMCO), Guerrero ocupó el lugar 32 en los estados con menos paz, que lo convirtió en el más violento de ese año, con una tasa de homicidios de 66.7 por cada 100 mil habitantes. Este 2017 Acapulco sigue considerada como una de las ciudades más violentas, con 322 homicidios cometidos en los primeros dos meses del año, según el diario guerrerense El Sur.

 

En un pedazo de tierra mexicano se reproducen historias similares. Una violencia procaz, sórdida y amenazante que, paraliza a quien le toque y hasta a quien no. “El gran pecado, el imperdonable delito, escribir sobre los acontecimientos dolorosos que sacuden nuestro país”, señaló Javier Valdez en su libro Narcoperiodismo, y quien fue asesinado en el centro de Culiacán, Sinaloa, el pasado 15 de mayo.

 

La gente que vive en sus casas sencillas, de techo de lámina, construcción de tabique elemental, de plano a veces madera, con servicios públicos ineficientes, ahora tiene que convivir con la sombra de la muerte. Pesar profundo que enajena. Y de pronto nos trae a la realidad.

 

En una vivienda en lo alto de un cerro (uno de tantos), azul y de empinadas escaleras, vive la señora Ormida, de andar veloz y afable, a quien a veces se le ve por la calle Guadalupe Victoria, saludando atareada, con su hija al lado. La que le quedó. En una esquina, cerca de un gran árbol y una fosa de agua, Édgar, su hijo, fue asesinado por un grupo de hombres armados que dispararon desde un vehículo en movimiento. Los ruidos, por todos conocidos, sólo hicieron a las personas guarecerse, mientras Édgar yacía tendido; ahora eso es sólo un recuerdo.

 

Cuando la señora Ormida supo aquel 17 de abril de 2013, el síncope fue inevitable. Largos días de tristeza la acompañaron hasta la resignación. Y las autoridades, comenta, aún no esclarecen los hechos. “Hasta la fecha nada, no me han dicho nada. Es más, ni fui porque es pura mentira eso de que investiguen”, abunda mientras frunce el ceño. El ventilador gira de un lado a otro y el sudor escurre por las frentes. Entonces la desesperanza se hace presente.

 

—¿Denunció?

 

—No, nada. ¿Para qué? Todo es corrupción. Como quiera mi hijo ya está muerto, no lo van a revivir— sentencia y el silencio se manifiesta.

 

El Cimber, como le decían en su colonia, se unió a los 2 mil 382 asesinados en Guerrero en 2013. La desconfianza institucional dejó su caso impune, como otros miles en el estado.

 

Contraste policiaco

 

Hacer una pregunta sobre el narcotráfico en Acapulco manda directo al pánico a las personas. Ninguno está exento. Un policía municipal alto y de mirada desconfiada responde con severidad: “yo no te puedo decir nada sobre eso (violencia del narco). Para qué quieres saber. ¿Quién eres?”, dice con voz trémula mientras toca su fusil para darse valor.

 

No es del todo cierto, sin embargo, que todos los policías sean parte del crimen organizado. Dinorah, agente preventiva urbana enfocada en la Policía Turística, cuenta cómo ve a la fuerza pública. “En la corporación se toman medidas. Los policías vamos a Chilpancingo a realizarnos pruebas toxicológicas, de confianza, etcétera.”

 

Afirma que la desconfianza de las policías se debe a que el crimen organizado ha encontrado la manera de inculparlos en los crímenes. “La clonación de patrullas es un problema. Han ocurrido, por ejemplo, levantones por criminales en patrullas que son exactamente iguales a las nuestras y en servicio”.

 

Agrega que no “sabe cómo consiguen eso, hasta uniformes iguales tienen. La (patrulla) clonada comete crímenes y la gente no confía”, asevera en tono suave pero determinante. Ella cree que esto del crimen viene desde casa, con los valores que infunden los padres. “¡Debemos combatirlo desde ahí!”

 

Asegura que el crimen nos ha rebasado, pero confía que el compromiso entre gobierno y ciudadanía pueda hacer que la situación mejore. “Todos hay que trabajar. Juntos. No hay de otra”.

 

Sociedad amenazada

 

La sociedad sobrevive apenas. El sector turístico afectado quedó atrás. La gente se deja venir. El miedo se pasa, uno aquí queda.

 

Las cifras récord se celebran por todo lo alto. Con 97 por ciento de ocupación hotelera en la pasada Semana Santa, según el diario El Economista, Héctor Astudillo, gobernador de Guerrero, pletórico de alegría decía: “turísticamente estamos viviendo una etapa extraordinaria y está rebasada la expectativa”, de acuerdo con declaraciones publicadas en el diario acapulqueño Novedades.

 

Pero nadie se acuerda del Acapulco del 2011 al 2014: playas vacías, trabajadores muertos de miedo que arriesgaron la vida, más cuando el crimen entró seguro al puerto. Cómo olvidar aquella temporada infumable cuando en plena temporada decembrina de 2011 los hoteles apenas alcanzaron 49 por ciento de ocupación, de acuerdo con datos de la La Jornada Guerrero del 28 de diciembre de ese año.

 

Los trabajadores que salían de noche reforzaron su fe. Para todos la noche se volvió solitaria, densa, de terror. Bares vacíos, puestos olvidados. Tenderos secuestrados y tienditas de la esquina cerradas para siempre. “De pronto se veía menos gente en las calles, en la costera. Se veía solo”, refiere el señor Mateo mirando hacia arriba, en su sillón de hilos. “La seguridad aumentó y ha mejorado (el puerto), pero que aún así la cosa sigue. Las cosas no dejan de pasar. Siempre es un miedo latente, por ejemplo en una balacera, el fuego cruzado; es ahí donde existe el temor para la gente que trabaja de noche, aunque eso pasa a cualquier hora”.

 

Para evitar que “le quemen su negocio” los comerciantes pagan derecho de piso, como la señora Nélida, quien hace años pagó 5 mil pesos. Enseguida se resguarda en su tienda, la puerta se abre y rechina mientras con palabras sordas dice: “a mí me da miedo que me pregunten de eso”, y sin oportunidad de respuesta se oculta en el mutismo.

 

“Ya no puede uno salir a la calle porque no sabe cuándo se empiezan a tirotear y uno anda ahí, sentada en un colchón afuera del cuarto (por el calor)”, con risa nerviosa y voz aguda comenta la señora Petra y agrega un consejo clave (no infalible) para que no te hagan nada los malos: “no meterse con nadie”.

 

Mientras tanto, las escuelas se encuentran con soldados mañana y tarde, para cuidar a los maestros del acoso por parte de los cárteles. “Hubo maestros que levantaron en la zona. Los tuvimos que ayudar con cooperación para su liberación”, comenta una maestra de la primaria Simón Bolívar con tono tranquilo, como algo lejano. “Ahora me siento más segura y los militares son muy respetuosos, no interfieren con nuestras actividades”.

 

En Acapulco, El Cimber ya no se verá por ahí en su taxi, con esa sonrisa tatuada; para su madre, sólo en sus recuerdos vivirá. El señor Mateo regresará a casa cada noche y pedirá al cielo volver a salvo. Por su parte, la señora Rocío encontrará el impulso para seguir, cuando ante tanta desolación, la esperanza viene de los otros, del ser amado. “Mi motivación son mis hijos. Qué más”.

 

Hay que mirar a todos lados “sin meterse con nadie”, como dijo la señora Petra. Todos esperan que jamás les toque una balacera, que Dios siempre los cuide. En las colonias populares, olvidadas, sonarán ruidos estremecedores a lo lejos, a diario. Tal vez son cohetes, lo mejor será meterse a la casa.

 

Los nombres de quienes dieron su testimonio se modificaron por motivos de seguridad.

 

 

Imagen de: Oviedo México sin escalas
Acapulco en el Tiempo

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Victor Manuel García Santiago

Periodista, editor y catedrático UNAM. Amante del cine, escribir, leer, enseñar a mis alumnos, a mi mujer y a mis hijos; sin orden, todo es conmutativo.

Twitter @Vikusan

 

 

 

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